Brasil: el perfecto caldo de cultivo para niños asesinos

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Brasil: el perfecto caldo de cultivo para niños asesinos

Lo bueno: Nada. Ningún niño debería tener que elegir entre vivir o matar
Lo malo: El gobierno de Brasil está más interesado en tapar sus trapos sucios que en buscar soluciones para los niños y jóvenes
Lo feo: En algunos casos los niños criminales están a gusto con su decisión de vivir para matar y robar.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala que en el mundo hay 150 millones de niños viviendo en la calle, y el número aumenta a diario, pero lo alarmante de caso es que uno de cada diez vive en Brasil.

Brasil es una sociedad que está ante un gran desafío, pues debería buscar una nueva política social gubernamental para ofrecer alternativas de una vida sana a los niños de la calle. El problema, según  los especialistas, es que el Estado no encara el problema de la forma adecuada.

El coordinador ejecutivo de la Asociación AMAR, Roberto José Dos Santos, declaró a Panampost que: "Estos chicos que viven en la calle deben ser abordados de una forma más humana, desde el diálogo y no desde la represión. En Brasil el Estado usa el método de sacar compulsivamente a estos pequeños de las calles. Pero nosotros creemos que si los chicos están ahí es porque encontraron que ese era el mejor lugar para ellos. Entonces el camino es invitarlos, ofrecerles algo distinto para que ellos elijan".

Los niños de la calle son el mejor registrador para calcular las señales de una sociedad vacía, enferma y sin nada que ofrecer a los pequeños que se ven obligados a vivir así, pues las condiciones sociales, culturales, económicas y políticas propician la pobreza que, en muchos casos, no es solo monetaria.

Los presidentes de Brasil y sus gabinetes aseguran haber iniciado un camino de la recuperación, pero los especialistas que se enfrentan a diario con historias desgarradoras donde los niños y jóvenes relatan sus experiencias dicen que el problema no se ha abordado de manera contigua entre todas las partes afectadas. “Eso es aún una tarea pendiente”.

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"Niños violentos, ciertamente los hay, pero casos en los que esa violencia se lleve al extremo de matar son muy excepcionales. Lo que ocurre es que nos sobrecogen especialmente porque se supone que son inocentes, como nos sobrecoge la idea de que un niño, que todavía no ha vivido, pueda suicidarse", explicó el catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, Enrique Echeburúa,

La afirmación anterior fue secundada por Antonio Andrés Pueyo, catedrático de Psicología de la Universidad de Barcelona quien dice que “los niños asesinos son la excepción de la excepción",

"La violencia nos repugna porque en el proceso de socialización hemos desarrollado mecanismos de inhibición, de manera que, cuando vemos comportamientos violentos, nos parecen antinaturales, y mucho más si se dan en niños. En realidad, hay muchos niños difíciles, pero sólo unos cuantos llegan a ser violentos, y muy pocos, poquísimos, llevan esa violencia a situaciones extremas", expuso Pueyo.

Entre tanto, Boris Cyrulnik, autor del libro Los patitos feos, señala que un niño maltratado puede llegar a ser un maltratador si queda atrapado en la telaraña del sufrimiento. No es, ni mucho menos, una ley inexorable.

“La capacidad de resiliencia de los niños, la capacidad de recuperarse y hasta de salir reforzado de la adversidad, es extraordinaria. Una infancia difícil no determina la vida. Sólo así se explica que, pese a tanta desgracia, la humanidad siga progresando hacia cotas cada vez mayores de civilización”, dijo Cyrulnik.

Razón por la cual la pregunta sería: La violencia, ¿se hereda o se aprende? Y esto desde luego, los profesionales aseguran que una parte se hereda parte y otra se aprende. Lo que no está claro es en qué proporción se combinan ambos factores en cada caso.

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En los casos de varios niños asesinos hay malos tratos, familias disfuncionales y por eso es que en algunos casos hay ensañamiento al matar y el deseo inconsciente de destruir esa imagen de vulnerabilidad que les recuerda su propia condición de víctimas.

El año 2013 fue un momento negro en la historia infantil de Brasil porque el jovencito de 13 años Marcelo Bovo Pesseghini, asesinó a sangre fría a cada integrante de su familia y luego se suicidó.

Los padres del menor eran policías y él creció en un ambiente donde las armas eran “naturales”.

"Hay una parte biológica sobre la cual inciden los condicionantes ambientales, y si durante la infancia el niño está sobreexpuesto a situaciones de violencia, puede incorporar estos mecanismos de respuesta como una conducta normal", explicó Cyrulnik.

Asimismo, Antonio Andrés Pueyo, catedrático de Psicología de la Universidad de Barcelona añadió que si un niño o joven tienen un temperamento violento sin límites, no habrá nada que pueda llegar a cambiar su percepción sobre el comportamiento, ya que al permitírseles pequeñas violaciones en el código de conducta a los tres años, a los 10 años su comportamiento será incorregible.

"La mayoría de los niños pequeños pega para conseguir algo, pero la mayoría de ellos aprende que la agresión física no es una conducta tolerable. Empiezan a aprenderlo en la guardería y cada vez pegan menos, hasta que dejan de hacerlo", dijo Pueyo.

En Brasil, la Constitución blinda a quienes tienen menos de 18 años de la responsabilidad penal, pero el exjuez Luiz Flávio Gomes, consideran que las leyes brasileñas sobre violación y homicidio son “demasiado subjetivas”.

El conflicto legal en Brasil se divide en tres. En primer lugar, algunos ciudadanos respaldan el Estatuto de Niños y Adolescentes de Brasil, porque protege a delincuentes juveniles durante sus procesos legales, la edad de responsabilidad criminal no debe ser reducida.

En segundo lugar, están quienes apoyan bajar la edad para imputar crímenes, lo que se traduce en que los menores hallados culpables deben responder por sus crímenes.

La tercera propuesta, que toma fuerza es una reforma legal amplia, donde la edad no deba ser un factor determinante porque los sujetos no son iguales, y deben ser juzgados por sus delitos.

En resumen, los brasileños deben llegar un punto de encuentro para contrarrestar este flagelo que, como mencionamos al principio, tiene a uno de cada diez menores viven en la calle expuesto a peligros y tentaciones de supervivencia.

El Mundo Hoy / Brasil Hoy